AÑO: 2025
SUPERFICIE: 520 m²
FOTOGRAFÍA Lorena Darquea
Su ubicación y orientación fueron fundamentales para su diseño, destacando la presencia de un árbol de algarrobo en el centro del sitio, el cual se convirtió en el eje conceptual del proyecto y en el punto desde donde se enmarca la vista hacia la ciudad de Quito.
Con una superficie de 520 m² distribuidos en dos niveles, la vivienda se organiza como una barra que abraza y enmarca el árbol, proponiendo una lectura íntima de los espacios. Desde el primer recorrido del terreno, el algarrobo marcó el punto de partida conceptual: una casa que se construye desde adentro hacia afuera, donde cada ambiente mantiene una relación directa con este elemento natural





En la planta baja se encuentra la zona pública de la casa, articulada en torno a un patio central y con una relación directa hacia la calle frontal, buscando transparencia y apertura hacia el entorno. En el nivel superior, los espacios privados se orientan hacia la cordillera, integrándose con el paisaje andino a través de una terraza que prolonga la experiencia arquitectónica hacia el horizonte.
La fachada, ligera y permeable, potencia la forma curva del volumen mediante elementos verticales que dan ritmo y unidad al conjunto. Un gran vacío, estratégicamente dispuesto, señala el acceso principal y aporta una pausa visual que refuerza el carácter contemplativo de la vivienda.
La Casa Riba se concibe como un gesto arquitectónico que rinde homenaje al lugar, al árbol y a la conexión esencial entre la materia construida y la naturaleza.

El interior de la vivienda se organiza como una secuencia de espacios continuos y luminosos, donde la planta baja integra cocina, comedor y áreas sociales en una configuración abierta que favorece la fluidez espacial y la relación visual entre ambientes. La cocina se plantea como un elemento central, definida por una isla que articula el espacio y combina funcionalidad con encuentro, mientras la madera y los revestimientos neutros aportan calidez y equilibrio material.
La escalera, concebida como una pieza liviana, acompaña el recorrido interior y permite el paso de la luz, estableciendo un diálogo constante con la vegetación y el paisaje. Las amplias aberturas corredizas disuelven el límite entre interior y exterior, enmarcando el árbol como protagonista del proyecto y reforzando la idea de una arquitectura que se construye desde adentro hacia afuera, donde el entorno forma parte esencial de la experiencia espacial.